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La Tiradera

Un blog de Enrique Bethencourt

Como los mercados mandan

Al presidente Mariano Rajoy le gusta que todo se haga “como Dios manda”, desde la política energética a las cuentas públicas, pasando por el sistema educativo o el modelo de financiación. Es una frase que repite con mucha frecuencia, incluso para los avatares de la política económica en tiempos de crisis, como si el Supremo Hacedor eligiera entre neoliberales y socialdemócratas, entre recortes brutales o keynesianismo, entre menos maestros, enfermeras y médicos o más protección social a los vulnerables; y, coño, lo hiciera siempre a favor de las primeras y restrictivas propuestas.

Espero que Dios no esté detrás de las cuasi apocalípticas previsiones económicas de Funcas, la Fundación de las Cajas de Ahorro, para este año que agoniza y para el inmediato 2012. Y es que, hace unos días, su director de Coyuntura, Ángel Laborda, aseguraba en unas jornadas sobre perspectivas económicas y negocio inmobiliario que los recortes anunciados por el presidente Rajoy en su discurso de investidura, de 16.500 millones de euros en 2012 (que se añaden a los 15.000 que ya recortó Zapatero entre mitad de 2010 y 2011), tendrán muy poco que ver con la, aún más cruda, realidad.

Estos recortes rajoyanos están calculados para un déficit de las administraciones públicas para el presente año del 6%, dato que casi nadie cree que se pueda cumplir; unos expertos lo elevan al 7% o 7,5% (porcentaje en el que coincide el presidente de la CEOE, Juan Rosell, que calcula un ajuste entre 26.500 y 31.500 millones) y otros, como Laborda, al 8% del Producto Interior Bruto (PIB). Esto obligaría, para alcanzar el 4,4% del PIB pretendido en 2012, a un recorte mucho más duro, que alcanzaría los 40.000 millones de euros, más del doble del planteado por el nuevo Gobierno.

Recesión

Funcas señala, igualmente, que ya estamos en recesión en este cuarto trimestre del año. Y que en ella permanecerá España durante los primeros seis meses de 2012, produciéndose posteriormente una pequeña recuperación. Pero 2012, aseguran, se cerrará con un decrecimiento medio de la economía española del 0,5%. Un porcentaje que supone más destrucción de empleo, más dificultades para alcanzar los objetivos de déficit y, tiemblen, más necesidad de recortes.

Para rematar la jugada, el director de Coyuntura de Funcas indicó que el marco dibujado es incluso “optimista”, manda rosas a Sandra que se va de la ciudad, al estar condicionado a la evolución de asuntos muy relevantes por resolver, entre ellos los que afectan a la crisis de deuda soberana, el ajuste fiscal y el saneamiento del sector financiero.

Aunque el nuevo Gobierno conservador no ha anunciado de forma clara en dónde recortará, todo apunta a que se reducirán notablemente las inversiones públicas, se congelarán las convocatorias de acceso a empleo en las administraciones (salvo policía y ejército, por si acaso), se reducirá significativamente el salario de sus trabajadores y se rebajarán las actuales prestaciones a los desempleados; y, muy probablemente, se equiparará el IVA al de países como Italia, es decir al 21%. Y, aún así, no habrá suficientes agujeros en el cinturón, no será nada fácil alcanzar los objetivos planteados por el nuevo Ejecutivo.

Fraude fiscal

¿Y si trataran de aflorar una parte, solo una parte, de esos 80.000 millones de euros de fraude fiscal que se calcula en España, el 23% del PIB frente al 13% de media de la Unión Europea? Puestos a imponer el “como Dios manda”, que aprenda del que expulsó a los mercaderes del templo.

Porque lo que no vale es dejarse influir por el espíritu del Dios del Antiguo testamento, el mismo que destruyó la ciudad de Sodoma con fuego y azufre que caía a mansalva del cielo (casi una explosión nuclear) y convirtió en estatua de sal a la mujer de Lot por echar una miradita a tan brutal bombardeo, propició un diluvio que acabó del bolichazo con toda la humanidad salvo un pequeño grupo de escogidos (adelanto, sin duda, del cambio climático) y ordenó a Abraham nada menos que sacrificar a su hijo Isaac, y este, muy obediente, lo preparó todo, dispuesto a degollarlo en un altar, como nos mostraban en nuestros muy sádicos libros infantiles. Como en el viejo refrán canario, por duro que resulte, ‘Bueno es Dios, y mata gente’.

Siguiendo las presidenciales enseñanzas, por laico que se sea, habrá que pronunciar un ¡Que Dios nos coja confesados! o un ¡Que Dios nos ampare!, dado que el empequeñecido Estado, sometido por la ley de la selva del neoliberalismo, parece que estará cada vez menos por la labor de proteger a la ciudadanía y, especialmente, a sus sectores más vulnerables.

O, en fin, esperar a que nuestros gobernantes, en un alarde de sinceridad, pronuncien sin eufemismos la verdadera frase que alumbra sus decisiones: “Vamos a hacer una política energética, social, económica… como los mercados mandan”. Y estos, como en el Antiguo Testamento, sí que suponen una deidad absolutamente inhumana, cruel e inmisericorde.

 

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Entre tanto villancico, una canción de Navidad bien distinta, en la voz y la guitarra de Silvio Rodríguez, nuestro Dylan en español.

http://www.youtube.com/watch?v=9-wLFgsu67A

Y un viejo texto de Gabo, una forma muy diferente al uso de valorar estas fiestas navideñas.

Estas Navidades siniestras

GABRIEL GARCÍA MARQUEZ

EL PAÍS  –  Opinión – 24-12-1980

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.

Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que Un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar.

Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

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