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La Tiradera

Un blog de Enrique Bethencourt

Con los menores, contra el maltrato

La Convención de los Derechos del Niño de la ONU define al maltrato infantil como “toda violencia, perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, mientras que el niño se encuentre bajo la custodia de sus padres, de un tutor o de cualquier otra persona que le tenga a su cargo”. Un informe del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia asegura que ocho de cada cien menores sufre maltrato en España, aunque aclara que las denuncias registradas sólo alcanzan el 0,8%.

Los maltratos sexuales afectan a cuatro de cada cien menores maltratados, siendo casi invisibles porque “casi todo el abuso sexual ocurre dentro de la familia y, por tanto, existen mecanismos para ocultarlos”. Siendo más frecuentes otros tipos de maltratos emocionales o físicos, en una variada gama que va desde las humillaciones permanentes, que destrozan la autoestima en personalidades en construcción, al abandono educativo y sanitario, y, también, a quemaduras o golpes en distintas partes del cuerpo.

Es un tema enormemente complejo. Por tratarse de niños y niñas. Por producirse en el ámbito en que se supone que deben estar más protegidos: el 80% de los casos se da en el seno familiar. Con la cruel paradoja, además, de que un niño maltratado puede querer a sus padres e interiorizar que la violencia que recibe es algo normal, algo que se merece.

Alarmismo

Por eso, ante situaciones complejas no valen simplismos ni dejarse llevar por el alarmismo ni por el espectáculo mediático. Digo esto, evidentemente, preocupado por todo lo acontecido en torno a la pequeña Aitana, una acumulación de errores en un caso concreto que lleva consigo el peligro de desacreditar el conjunto de actuaciones que se llevan a cabo para proteger a los menores, detectar los malos tratos y actuar para corregir esas circunstancias de las que sólo tenemos noticia cuando se produce un internamiento en un hospital o una muerte.

Pero vayamos por partes. En primer lugar, la violencia y su recreación forman parte de la médula de los medios de comunicación. Como señala el profesor de la Universidad Pompeu y Fabra Teun Van Dyk, las diferentes formas de negatividad en las noticias pueden contemplarse como expresiones de nuestros propios temores, “y el hecho de  que las sufran otros proporciona tanto alivio como tensión a causa de esa especie de participación delegada en los demás”.

No sólo ocurre en las series de ficción sino también en todo el aparato informativo. La sangre vende y eso hace que cada vez más periódicos, radios y televisiones sucumban a la tentación de colocar en primer plano los sucesos más morbosos, mejor o peor tratados según los distintos medios.

En el ‘caso Aitana’ se han producido, por lo que sabemos, un conjunto de errores que han llevado al espectáculo y a la alarma social. Si en un principio los datos e informaciones llevaron al linchamiento mediático del padrastro, injustificable en cualquier caso, ahora se corre el riesgo de hacer lo propio con los médicos y, lo que es peor, contra todo el protocolo de actuación vigente para tratar de detectar y actuar en casos de malos tratos a menores.

Falso Positivo

Porque las reacciones de los últimos días pueden estimular un discurso muy peligroso con deriva hacia los profesionales y hacia el conjunto de la sociedad. En esta ocasión se ha producido lo que los expertos denominan un Falso Positivo, es decir se cree haber detectado un maltrato y este no es real. También ocurren Falsos Negativos, cuando en realidad hay maltrato y esto no puede ser detectado, con la grave consecuencia de la continuidad de indefensión de la víctima. Estos dos extremos son situaciones que se producen casi inevitablemente en algunos casos, más si tenemos en cuenta la enorme complejidad de hechos que suceden en la privacidad del ámbito familiar.

Pero hay que ser contundentes: que se haya producido un Falso Positivo no puede descalificar todo el sistema ni el trabajo que realizan los profesionales todos los días. Como decía, el efecto nocivo de estos hechos es que se puede descalificar el sistema en su conjunto y no a los momentos en que este no ha funcionado.

Un discurso no mesurado produce efectos perversos. En primer lugar, en los profesionales que están obligados a denunciar un posible maltrato (fundamentalmente docentes y sanitarios), si no cometerían una falta grave. Al respecto, el artículo 13 de la Ley Orgánica 1/1996 de protección jurídica del menor es claro: “Toda persona o autoridad, y especialmente aquellos que por su profesión o función, detecten una situación de riesgo o posible desamparo de un menor, lo comunicarán a la autoridad o sus agentes más próximos, sin perjuicio de prestarle el auxilio inmediato que precise”. Gracias a ellos se han detectado numerosos casos que de lo contrario permanecerían silenciados.

Protocolos

El segundo efecto perverso es hacia el conjunto de la sociedad. Esta debe comprender el beneficio de estos sistemas de control del maltrato infantil, al igual que comprende los controles aeroportuarios que generan incomodidades. Pero la activación de los protocolos ante sospechas fundadas de un posible maltrato ha salvado la vida de muchos menores y ofrecido la oportunidad de desarrollar una vida digna a quien sólo conocía torturas cotidianas.

En este sentido, la Administración debe informar a la ciudadanía de los beneficios de este sistema. Si se desprestigia, si se genera alarma sobre él, si se le cuestiona globalmente, se crea una situación grave, en la que muchos maltratadores se pueden parapetar tras esa alarma. Y en el que desprotegeríamos por completo a miles de niños y niñas. Los medios de comunicación también podemos contribuir en esa línea de protección de los menores.

Hugo Aznar, en un interesante informe del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia señala que “el periodismo responsable trae estos problemas al centro del debate social no para destacar sus elementos morbosos, no para cargar las tintas y sugerir que estamos al borde del caos, sino para testimoniar que existe un problema educativo, un problema familiar, un problema social y cultural, cuya solución debe ocuparnos a todos”. Me temo que muchos no seguirán ese camino.

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(Este artículo lo publiqué en Canarias7 cuando el caso Aitana estaba en el primer plano informativo. Ahora que se ha producido la absolución de Pastrana, el joven linchado por los medios, y vuelve a ocupar algún espacio en prensa, radio y televisión, lo reproduzco al entender que su contenido tiene plena vigencia)

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‘Construcción’, en la voz de su autor Chico Buarque.

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Y en la versión de Daniel Viglietti:

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