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La Tiradera

Un blog de Enrique Bethencourt

¿Nos sorprenden los datos del PP en las encuestas?

“Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado una guampa partida, deshecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res, murió temblando de dolor y de miedo..”

Fragmento de ‘Guitarra Negra’, de Alfredo Zitarrosa (https://www.youtube.com/watch?v=4bgyqoHcM7k)

Manuel es uno de los hombres más pobres del barrio. Sobrevive haciendo chapuzas de todo tipo. En la economía sumergida, por supuesto, hace más de una década que no sabe lo que es un contrato, y está convencido de que no firmará ninguno más en el futuro. Los años le pesan y pronto tendrá dificultades incluso para sacar los poco más de 500 euros con los que sale adelante cada mes. Pero en los últimos días está feliz: “Los míos van a volver a ganar?”, repitiendo su euforia de hace ahora tres años y medio, cuando Rajoy llegó a La Moncloa. A Manuel no parecen afectarles los recortes en derechos sociales y en servicios públicos.

Javier, que vive apenas a cuatro manzanas de Manuel, descubrió su homosexualidad en la adolescencia y, tras una complicada etapa, sobre todo por la incomprensión de sus padres, logró aceptar sus deseos y que estos no supusieran una marea de dolor, por contradicción con su educación profundamente religiosa y represiva. Una contradicción que amargaba su vida. Hoy tiene pareja estable, tanto que hace apenas seis meses que se casaron. Todo el barrio lo sabe y lo vive con absoluta normalidad, salvo el consabido porcentaje de intolerantes.

Yaiza es cajera en un supermercado. Encadena contratos temporales, y lleva a cabo un trabajo repetitivo y escasamente creativo; no llega siquiera a la categoría de mileurista, pero su salario es el único que entra en casa desde que su marido fue despedido hace ya más de cinco años. Le angustia pensar que pasaría si la dejan en paro, tal y como le ha sucedido a otras compañeras; cómo se las arreglarían ellos y, sobre todo, como sacarían adelante a sus dos hijos.

Javier es funcionario y multiplica por cuatro las ganancias de Manuel y casi por tres las de Yaiza, con los que coincidirá el domingo 24 de mayo en el mismo colegio electoral; y, también, por paradójico que resulte, compartirán, asimismo, las papeletas escogidas para introducir en las urnas en Ayuntamiento, Cabildo y Parlamento.

Ley de la selva

Las historias que cuento son reales y corresponden a un barrio de Las Palmas de Gran Canaria. Pero estoy seguro de que se repiten en Madrid, Valencia, Sevilla o Albacete. Con distintos protagonistas y similar fondo y circunstancias.

¿Qué mecanismos determinan la adscripción ideológica y/o política de las personas? ¿Por qué gentes con condiciones de vida casi miserables apuestan por la organización que defiende un programa más ajeno a sus intereses, más neoliberal, que predica la desprotección de los más débiles y la preponderancia de la ley de la selva del mercado?

¿Cómo se compagina la defensa del derecho personal y colectivo a vivir la homosexualidad sin estigma ni marginación alguna y, al tiempo, votar a la organización más homófoba?

¿Cómo se armoniza el personal y lógico cabreo con la obligada e insegura temporalidad, la rebeldía frente a los abusos patronales, con el apoyo electoral a los que han hecho efectivas, a través de su agresiva legislación, unas relaciones laborales lo más desregularizadas posibles?

Puede que, recordando la vieja expresión maoísta, se trate de “contradicciones en el seno del pueblo”.

O, mucho más probable, que nos encontremos ante una singular etapa histórica, marcada por la despolitización y desideologización sin límites, que lleva a la gente –a veces con resignación, otras con esperanza o, incluso, con aparente cara de felicidad- directamente al matadero.

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Recupero un artículo de 2011, que sigue plenamente actual.

———Puede seguirme también en Twitter: @EnriqueBeth

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