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La Tiradera

Un blog de Enrique Bethencourt

Me gusta la bandera

Sí, me gusta la bandera, la canaria, tricolor con siete estrellas verdes. A la que canta Taburiente en Aguañac: “Un mar azul que brille con siete estrellas verdes, el amarillo en tus trigales y el blanco en tus rompientes”. No soy el único. Es la habitual en las diversas fiestas populares y en los más variados acontecimientos deportivos; también en las movilizaciones sociales. De más arraigo y, en mi opinión, de mucha mayor belleza que la oficial que reconoce el Estatuto; pero eso último es solo una cuestión de particular gusto, claro. Es verdad que, desde hace tiempo, es la bandera de las formaciones nacionalistas canarias, partidos y sindicatos, pero también de muchos canarios y canarias que votan otras opciones políticas. Y que en las sedes de las instituciones y en los acontecimientos oficiales debe presidir la estatutaria, como corresponde.

Relativizo bastante los símbolos. No estoy dispuesto a morir ni a matar por ninguna bandera, por ninguna. De hecho, en mi casa no hay banderas, grandes ni pequeñas, ni figuras de personaje alguno, ni emblemas políticos ni religiosos.

Envolverse en una bandera no me dice nada de quien lo realiza. No supone que por hacerlo se sea ni mejor persona ni más patriota que el resto, salvo una visión acartonada e hipócrita de las patrias, en las que poco o nada importan sus gentes. Como puede comprobarse con tantos abanderados, muchos de ellos ilustres –de la economía, del deporte o de la música- , que luego, sin la menor vergüenza, defraudan al fisco o colocan todo su dinero en paraísos fiscales y, por tanto, dañan a la hacienda pública y muestran su absoluta falta de empatía y solidaridad hacia sus conciudadanos.

Comparto, en este sentido, lo que hace unos años dijo el hispanista Ian Gibson en la Comunidad de Valencia: “”Menos banderas e himnos y más enseñanza pública y hospitales, más sanidad”. O las de Benedetti: ¿Qué pasaría si de pronto / dejamos de ser patriotas para /ser humanos?”

Solidaridad

Además, considero que las banderas que más valen la pena son las de la solidaridad, de la igualdad, del rechazo a cualquier forma de marginación y discriminación. Tal vez, por eso, tengo especial afecto a la arcoíris y a la violeta, que tanto han hecho para comenzar a superar injustas situaciones. Y a la verde que pretende salvar el planeta de su destrucción a causa de las agresiones humanas contra el territorio y el medio ambiente.

Por otra parte, el hecho de que me guste la tricolor y estrellada bandera no supone que quiera imponérsela a los demás. En modo alguno. Claro que me encantaría que fuera el símbolo de la Comunidad Canaria pero entiendo que una buena parte de las organizaciones políticas -especialmente, pero no solo, PP y Ciudadanos, también el PSOE- tengan legítimas discrepancias sobre el asunto. Por supuesto que las respeto.

Y, por otra parte, no le veo el menor interés a plantear una singular guerra de banderas. Ni ahora, que tenemos suficientes y graves problemas de desempleo, pobreza y débiles servicios públicos, a los que conviene dedicar todos los esfuerzos, ni en otro momento en que la sociedad canaria fuera menos desigual que la actual y el bienestar mayoritario.

Solo si hubiera un consenso muy elevado tendría sentido modificar el Estatuto y cambiar la actual y oficial bandera por la de las siete estrellas verdes. Y no es, evidentemente, el caso. De los partidos que están en el Parlamento tres –CC, Podemos y NC-, que representan a 30 diputados y diputadas, probablemente estarían por la labor. Insuficiente, sin duda.

Puestos a elegir me resulta más interesante, más imprescindible, por sus consecuencias en la mejora de la calidad de la vida democrática, cambiar el sistema electoral y ganar en pluralidad y representatividad. O el reconocimiento de las aguas canarias. O, en fin, que los contenidos sociales del nuevo Estatuto tengan expresión práctica, no solo formal. Y, sobre todo, que Canarias deje de ser la cola de las comunidades autónomas en casi todos los parámetros –sanidad, educación, aplicación de la ley de la dependencia…- y los líderes de los bajos salarios, las paupérrimas pensiones, la pobreza y la exclusión social.

Prohibir, no gracias

Pero dicho esto no entiendo el intento de prohibir la misma, por ejemplo, en nuestros recintos deportivos. No creo que la bandera esconda intentos totalitarios ni de desprecio a los derechos humanos, como sí hacen las fascistas. No considero que pretenda imponerse a otras enseñas y ser enarbolada en la conquista de territorio alguno. Detrás de ella no hay violencia, intolerancia, racismo ni xenofobia. Salvo la que puedan mantener personas individuales como sucede con la española, la francesa, la italiana, la estadounidense o la alemana. También, por si acaso, la rusa.

El escritor, profesor y político Juan Manuel García Ramos acaba de llevar al Parlamento de Canarias una proposición no de ley (PNL) en la que pide se derogue la prohibición de la bandera con siete estrellas en los estadios promovida por la Comisión Estatal contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte. La propuesta de CC-PNC solicita a la Delegación del Gobierno en Canarias que elimine la prohibición de la enseña en los actos deportivos y populares; y reclama a la Liga de Fútbol Profesional que excluya a la bandera de las siete estrellas verdes de su listado de emblemas que incitan a la violencia.

Peticiones muy razonables y que fueron apoyadas por la mayoría de la Cámara, todos los grupos a excepción del PP. Esta bandera, la tricolor con las siete estrellas verdes, no hace el menor daño. Sí lo hacen, con creces, los cánticos racistas, xenófobos, machistas y misóginos que se escuchan en muchos estadios, las expresiones de odio y de desprecio. La violencia gratuita de grupos de extrema derecha que ha crecido en las calles de manera importante en los últimos meses. Ocúpense de ello. Ahí si nos jugamos la seguridad, la democracia y la libertad.

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Publicado inicialmente en el periódico Canarias7.

Comentarios

Juan Luis dice:

Los que están haciendo un uso torticero y banal sin otros que se apropian de ellas con un sentido excluyente y exclusivo. Por mi patria y mi bandera me tiró por la escalera

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